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Revolución 1910

Desde que empezaron a caer las granadas que lanzaban los cañones al pueblo, sus habitantes salieron a refugiarse en los montes, abandonando sus casas con todas sus pertenencias a merced de los vencedores.  Muchas familias se fueron para el río que sirve de límite natural entre San Francisco y los pueblos de Yaganiza y San Mateo y otros al cerro de la "MESA". Pero como los federales avanzaron hasta dicho cerro, los que nos refugiamos en él tuvimos que irnos también al río, de donde partimos para irnos por donde cada quién pensaba de librarse de ser muerto o apresado. 

Muchos fuimos a aislarnos en el pueblo de Santo Domingo Albarradas, donde nos recibieron y nos trataron con mucha compasión. Hacía varios días que estábamos en esa población, cuando supimos que ya venían los federales a aprehendernos, por lo que nos desperdigamos nuevamente.  Varios de nosotros nos internamos en los pueblos mixes.  El grupo donde iba yo, al llegar a Ayutla, fuimos a visitar al Señor Cura don Miguel Arróyave, que era mi conocido, quien después de haber sido informado sobre los sucesos ocurridos en San Francisco, nos aconsejó que fuéramos a las rancherías de Santiago Atitlán donde encontraríamos trabajo y donde no tan fácil nos pudieran aprehender.  Obedeciendo este consejo, nos fuimos a la jurisdicción de dicho pueblo donde efectivamente luego encontramos trabajo en el rancho de un señor llamado Antonio Basilio que nos ocupó para el corte de café con el sueldo de veinticinco centavos diarios y la comida. 

Hacía como quince o veinte días que estábamos trabajando en el rancho del señor Antonio Basilio, que queda en la margen del Río Chornavá, cuando una tarde llegó dicho señor al lugar donde estábamos cortando el café, con la alarmante noticia de que en Atitlán habían llegado unos hombres armados procedentes del Distrito de Choapan con el fin de aprehendernos.  Al recibir esta noticia, dispusimos nuestra salida de aquel lugar y, con pena, nos despedimos del patrón, que tan bien nos había tratado.  Pasamos el río y entramos en la jurisdicción de San Juan Juquila Mixes, perteneciente al distrito de San Carlos Yautepec, librándonos de la aprehensión de los armados enviados por el Jefe Político de Choapan, llamado Laureano Montalvo.  Subimos un cerro y al llegar a la cima, bajamos hasta llegar a un río, donde se quedaron los paisanos Francisco Mateo Palacios, Nicolás Rodríguez, Constancio Hernández, Francisco Alejo y Abraham Ruiz, contratados por un señor de Villa-Hidalgo, que en la margen de ese río tenía su rancho.  Constantino Vázquez, que también se nos unió, y el que esto escribe, comenzamos a subir otro cerro, pero al llegar como a media altura, vimos que cerca del camino estaban unos ranchos; nos dirigimos a ellos y al llegar preguntamos si no necesitaban trabajadores, nos contestaron que sí, que nos iban a ocupar en el corte de caña y que el patrón don Francisco Zamora nos pagaría veinticinco centavos diarios y la comida.  Nos quedamos en el rancho del citado señor Zamora, quien nos apreció bastante y más sus hijos Celso y Bardomiano.  Una tarde, estábamos acarreando la caña para el trapiche y cuando llegó un yerno del patrón, armado con un 30-30 y nos dijo: "Los policías ya se fueron al río a aprehender a los hermanos que están trabajando en el rancho del señor Domínguez y supimos que de regreso van a aprehender a ustedes; pero nosotros no vamos a permitir que los aprehendan; por favor síganme".  Inmediatamente seguimos al yerno del patrón, quien nos llevó a lo más boscoso e inaccesible de la montaña, donde permanecimos a merced de los animales feroces; pero en este trance, Dios nos ayudó y no sufrimos ningún percance. Al otro día en la noche, como a las ocho, llegó Bardomiano, el hijo mayor del patrón, que ya sabía dónde estábamos, nos dijo: "Vámonos, porque no queremos que los aprehendan como a sus paisanos que ya se los llevaron para San Carlos Yautepec".  Salimos de nuestro escondite, pasamos en el rancho a despedirnos y nos fuimos para el pueblo de Juquila Mixes, sin pasar en el centro de la población, sino por la orilla.  Estando ya a cierta distancia del pueblo, le dimos las gracias a Bardomiano, pero este nos dijo que nos llevaría hasta los límites de Juquila con Tepantlali.  Aceptamos gustosos su ofrecimiento, y al llegar a la colindancia, nos despedimos. El íntimo amigo casual, me dijo: "Aurelito", "LA REVOLUCION A LA QUE USTEDES SE HAN LANZADO TIENE QUE TRIUNFAR, Y CUANDO TRIUNFE NO VAYAN A VENIR A JUQUILA A VENGARSE POR HABER ENVIADO A LA CABECERA DEL DISTRITO A LOS HERMANOS DE SAN FRANCISCO, PORQUE NO FUE EL PUEBLO EL QUE LOS DENUNCIO, SINO UNOS TRAIDORES QUE SON: COSME ZAMORA Y JUAN PERALTA", Yo le contesté: "NO TENGAS CUIDADO BARDOMIANO, NOSOTROS NO SOMOS VENGATIVOS".  Y nos despedimos con un sincero abrazo y un caluroso apretón de manos.  Bardomiano se fue para su pueblo y nosotros para Ayutla, donde cada quién se fue por donde más le convino.  Yo me fui al Curato, donde estaba un sacerdote español, que era un amigo mío, quien me recibió con todo cariño.  Me dio un cuarto donde estaba su BIBLIOTECA y me dijo: "Aquí va usted a estar, y para que no le salga tan malo el presidio, en ese estante tiene libros para leer". Le agradecí su atención y él se fue a atender los asuntos de su ministerio.

En esa pieza del Curato estuve encerrado varios días, hasta que llegó el señor Presbítero don Benito Medinaveitia, que había sido encargado de la Parroquia de San Francisco Cajonos, mi pueblo natal, por lo que me conocía.  Se puso de acuerdo con el Padre Arróyave y me llevaron para Oaxaca.  Llegamos a una casa que está frente de la Iglesia de Jalatlaco, donde me dejaron por unos días, hasta que una noche, el Padre Arróyave me llevó de la casa de mi tío que era el señor Cura del Sagrario de la Capital del Estado llamado Juan Bautista Robles.  Estando a solas con mi tío, le conté los acontecimientos habidos en el pueblo y me despedí de él para irme a hospedar en la casa de otro tío llamado Aniceto Robles, quien me recibió con muchas muestra de cariño.  En su casa estuve varios días, donde recibí inmerecidas atenciones de mi tío y de su esposa la Profesora Elena Salgado de robles.  Esa noche en que llegué, después de la cena, oímos unos tronidos como de cohetes; pero no eran de cohetes sino de balas, era que una pequeña fracción de la tropa de la Zona Militar que guarnecía la ciudad se había rebelado contra el Gobierno Maderista, secundando al movimiento FELIXISTA.  Los rebeldes fueron atacados por las fuerzas leales, quienes los hicieron huir en desbandada hasta el cerro de San Felipe del Agua.  El jefe del movimiento rebelde, de apellido Niño de Rivera, fue muerto en el combate y su cuerpo fue entregado a sus familiares para su velada y entierro, al que asistieron muchos estudiantes y numerosas gentes del pueblo.

Sabiendo que había orden de aprehensión para los rebeldes de San Francisco Cajonos, una mañana muy temprano me fui a la estación del ferrocarril que va a Ocotlán, con el fin de irme a esconder en Ayoquezco, donde estaba un sacerdote que era tío mío.  En esta población apenas estuve como un mes porque me enfermé y mi tío me llevó para Oaxaca, a efecto de que fuera atendido por un médico.  Mi tío se fue para su Parroquia y yo me quedé con mi tío Aniceto y bajo la atención del doctor don Ernesto Rosas (Q.E.P.D.) 

Apenas estaba yo sanando cuando supimos que mi protector, es decir, el Padre Paulino, estaba gravemente enfermo de tifo, que era la enfermedad que estaba atacando a los habitantes de Ayoquezco.  Sus hermanos, Aniceto con su esposa y el Padre Juan, se fueron a Ayoquezco con un Doctor a atender al enfermo y yo me quedé en la casa de mi tío Aniceto con su hijo José Adolfo. 

Todos los días entre siete y ocho de la noche iba a la casa de mi tío Juan a preguntarle a la cocinera sobre el estado en que se encontraba el Padre Paulino, pues a ella todos los días le informaba su patrón por medio de telegramas el curso que seguí la enfermedad de su hermano y ella informaba a mí.  Una noche en que al torcer la calle de Morelos para dirigirme por la calle de Félix Díaz, hoy Pino Suárez, me salió un individuo, llamándome por mi nombre y como era un desconocido para mí y con tantas preguntas que me hacía, le dije:  "¿A qué vienen tantas preguntas?" El luego me dijo: "Avance usted conmigo para la Comisaría" y yo sin replicar lo acompañé, comprendiendo que ya había sido aprehendido por un policía secreto. Llegando ante el Comisario, me tomó mis generales y después me mandó a encerrar. Uno de los gendarmes, con toda su fuerza me empujó, gritando: ¡AHÍ VA UN SERRANO! Uno de los presos dijo: "Qué bueno que ya van cayendo estos que ya mero nos acababan con el CEREZAL" y otro me dijo: "No se apene mi amigo, esta es la casa de los hombres".  Yo estaba muy temeroso de que fuera a fusilarme, pero me alentaba la amnistía que había concebido el nuevo gobierno presidido por el General Victoriano Huerta. 

Hacía como diez minutos que había sido encerrado cuando llegó una señora con la cena del preso que me dijo que no me apenara.  Supliqué a esta señora que fuera a la casa de mi tío a informarle a una señora llamada Josefa de que Aurelio ya había sido aprehendido. La buena señora aceptó, le dí la dirección y fue a cumplir con mi encargo.  La cocinera de mi tío inmediatamente fue a informarle a don Buenaventura Robles para que hiciera el favor de ver la forma de librarme del presidio.  Este señor le prometió que al otro día vería a un abogado para que pidiera mi libertad, basándose en el DECRETO DE AMNISTIA concedida a todos los rebeldes.  Entre tanto, en la reja de mi prisión, llegaron unos individuos que me llamaron.  Uno de ellos haciendo el uso de la palabra me preguntó que por qué estaba preso, a cuya pregunta le contesté: "Eso es lo que yo también pregunto, porque ya no tiene razón de ser mi aprehensión, debido a que los que nos rebelamos en contra de Madero ya estamos amnistiados".  Uno de ellos me dijo que le informara dónde estaba Othón Robles. Yo le contesté que no podía darle una información exacta del lugar en que se encontraba, debido a que andaba en la comisión de avisarles a los ciudadanos de San Francisco que ya habíamos sido perdonados por el nuevo Gobierno y que podríamos regresar con toda libertad a nuestro pueblo.  Se despidieron y como a la media hora regresaron, ordenando mi libertad. Así es que estuve detenido como dos horas, pues ya me iba para la casa cuando el reloj de la Catedral dio las diez de la noche.  Pasé a avisarle a la cocinera de mi tío que ya estaba libre, contándole detalladamente cómo estuvo mi aprehensión y después me fui a dormir con mi primo José Adolfo.  Esto me pasaba en la noche de un sábado de  RAMOS del año de 1913. 

Pasados como veinte días de mi aprehensión, llegaron mis tíos de Ayoquezco, trayendo a mi tío Paulino, ya fuera de peligro. 

El gobierno ordenó que todos los elementos que sirvieron a la causa de la revolución antimaderista se les diera de baja, cuya orden fue acatada por la Comandancia Militar de la Zona.  Citó a los alzados de los Distritos de Ixtlán y Villa-Alta, contándose entre ello los de San Francisco Cajonos, quienes fueron a recibir sus correspondientes bajas.  Al verse ya libres los de San Francisco regresaron al pueblo a reconstruir sus casas que habían sido incendiadas por las fuerzas federales y los pueblos aliados.  Durante nuestra ausencia del pueblo, que fue de tres meses poco más o menos, los de Zoochila estuvieron saqueando al pueblo y dinamitaron al templo y la casa del señor Miguel Robles.  Estos actos vandálicos incendiarios decían que los consentía el Jefe Político don General Gil, por lo que lo atacábamos en los periódicos "REGENERACIÓN" y "LA VOZ DE LA VERDAD". Con este motivo fuimos citados por el Juez de Distrito.  Obedeciendo el citatorio de este señor fuimos a su casa, nos recibió amablemente y después de saludarlo con el respeto que su investidura requería, nos dijo: "Los he citado con el fin de suplicarles que cesen en sus ataques al Jefe Político de Villa-Alta, que es hijo del señor licenciado don José María Gil, Secretario General del Gobierno del Estado, por que piensen ustedes el sufrimiento moral que ha de experimentar el Señor Gil cuando el señor Gobernador, después de leer los artículos que mandan publicar, le diga: ¡Mire lo que dice aquí de lo que está haciendo su hijo! Hay que considerar esta situación y yo formalmente me comprometo ayudarlos ante el Gobierno para que ordene a los de Zoochila que no los hostilicen cuando lleguen a su comunidad".  Agradecimos al Juez su consejo y su ofrecimiento; nos despedimos y ya no atacamos por medio de la prensa a don Genaro ni a los de Zoochila. 

Un amigo mío, el finado Marciano Zúñiga, me escribió diciéndome que me reconcentrara en el pueblo, que ya había regresado la mayoría de los paisanos y que faltaban pocos para volver.  Yo estaba muy bien en la hacienda de "DOLORES" que era propiedad de mi tío el Padre Juan Robles y que colinda con la Ciudad, San Juanito y San Martín, Río de Atoyac de por medio y la Estación.  Pasados unos días de haber recibido la carta, le dije a mi tío que mi mamá ya había llegado al pueblo y que quería irme a quedar con ella.  Mi tío accedió y me fui para San Francisco.  Cuando llegué, ví que todo era desolación, escombros, cenizas y miserias; pero en este caso se cumplieron las palabras expresadas por el Señor Cura del Sagrario de Oaxaca, don Juan B. Robles, nativo de San Francisco, que cuando el Padre Medinaveitia, excura de la Parroquia de San Francisco le fue a informar que su pueblo había quedado convertido en cenizas, el Padre Robles le dijo: ¿Qué así quedó convertido, Padre?  "PUES YA VERAN CUANDO MI PUEBLO RENAZCA ENTRE SUS CENIZAS".  Y así fue, los 84ciudadanos que ha habíamos llegado en el pueblo empezamos en los trabajos de reconstrucción de nuestros hogares, nuestro templo y nuestra escuelita que sirvió de edificio municipal, mientras se reconstruía el verdadero, pues todos habían sido incendiados por las fuerzas federales y pueblos aliados.  En estos trabajos nos encontrábamos cuando surgió la Revolución Constitucionalista encabezada por don Venustiano Carranza, a cuyo movimiento se unieron los partidarios del maestro filarmónico don Apolonio Hernández.  Por esta causa nos fueron a aprehender unos elementos armados de Zoochila el 13 de agosto de 1915; en el "Llano de las Chachalacas", que en dialecto zapoteco le llamamos "LACHA VEOO", donde estábamos en la labor del aporcado o aterrado de la milpa de uno de los compañeros.  En este lugar fuimos aprehendidos Othón Robles, José Robles, Genaro Sánchez, Gildardo Luna, Samuel Vázquez, Bartolo Rodríguez, Marciano Zúñiga y el que estos apuntes escribe.  Nos condujeron para Villa-Hidalgo, donde estaba la Comandancia Militar, SINDO Jefe de ella el señor Agapito López natural y vecino de Zoochila quien nos mandó encerrar en un calabozo de la cárcel pública del lugar.  Yo tenía un tío de Zoochina llamado Francisco López, quien al saber que estaba preso en Yalalag fue a hablarle al Comandante Militar que era su compadre, suplicándole que me pusiera en libertad.  Estando mi tío en la Comandancia me mandó sacar y una vez que mis custodios me introdujeron en la Oficina donde el Comandante estaba, le saludé con el debido respeto y él luego me dijo que estaba acusado por escandalizar todas las noches en San Francisco con mis gritos de ¡VIVAS A CARRANZA! Así es que esta Comandancia ha dispuesto que esté usted en la cárcel hasta que los carrancistas vengan a sacarlo obtendrá su libertad.  Mi pobre tío le rogaba que me diera la libertad y yo le dije la acusación que han hecho en mi contra es pura calumnia y mi tío me secundó diciendo: Sí, compadre, todo es mentira, mi sobrino es inocente.  El Comandante le contestó a mi tío: "No compadre, nada de inocente es su sobrino; hace ocho días nada menos que hizo un escribo acusando a Zoochila, así es que no puedo dejarlo libre."  Mi tío le dijo: Bueno compadre, si es que no puede hacerme el favor de darle su libertad, le suplico ordene que lo trasladen a la cárcel general para poderlo atender, pues está enfermo, como efectivamente así estaba.  El Comandante le repuso, eso sí se hará dentro de breves días.  Nos despedimos y yo me despedí de mi tío para volver al calabozo.  Como a los tres o cuatro días ordenó que todos los que estábamos en el calabozo nos pasaran a la Cárcel General. Instalados en nuestro nuevo presidio, hicimos nuestro altarcito y nos dedicamos a leer, a contar cuentos, a jugar a la baraja y a las actividades propias de los encarcelados.  Nuestras mamás nos atendían con la alimentación.  En determinados días, una tía lejana de la descendencia de la familia, casada con un señor de Villa-Hidalgo, llamado Cipriano Vargas, nos mandaba a decir que les dijéramos a nuestras madres que no nos prepararan la comida o la cena, porque ella tenía el gusto de dárnosla.  Así vivíamos en el penal, cuando una tarde llegaron unos hombres armados de Zoochila en la puerta de la cárcel y el jefe de ellos ordenó que salieran Othón Robles, José robles y Bartolo Rodríguez, a quienes se llevaron a Zoochila para fusilarlos.  Los que nos quedamos en la cárcel esperábamos temerosos nuestro turno; pero tuvimos gentes de varios pueblos que abogaron por nosotros, hasta el señor Cura de San José Yaé, que sin conocernos se supo que también intercedió por nosotros.  Después de varios días de haber sido fusilados los hermanos Robles y el compañero Bartolo Rodríguez, salimos de la cárcel Marciano Zúñiga, _Samuel Vázquez y yo, quedando encarcelados Genaro Sánchez y Gildardo Luna.  Los que ya habíamos salido del presidio teníamos por cárcel la población, pues nos fue prohibido salir de ella.  Los armados de Zoochila, que estaban al servicio de su paisano Agapito López, fueron a San Francisco a aprehender al señor miguel Robles, padre de Othón y José, que ya habían sido fusilados, quien fatalmente cayó en poder sus enemigos y conducido a Villa-Hidalgo donde se le encarceló.  Después volvieron a San Francisco con el fin de aprehender a Fidel Robles, hijo de don Miguel; pero fracasaron en su intento, pues Fidel, en presencia de ellos huyó a toda carrera, le tirotearon, pero ninguno de ellos le pudo pegar y se salvó. 

Don Miguel salió de la cárcel y al llegar en San Francisco huyó con toda su familia para irse a radicar en Santa María Albarradas donde murió.  Los de Zoochila que andaban persiguiendo a la familia Robles, fueron hasta la jurisdicción de Santa María donde fatalmente encontraron en un cerro a Miguel Enrique Robles hijo de don Miguel, y lo mataron. 

Mi tío Francisco López y mi tía Pascuala, que era madrina de bautismo del Comandante, le fueron a suplicar nuevamente para que me dejara en libertad, comprometiéndose llevarme para Zoochila.  Con este ofrecimiento concedió mi libertad. 

En esas condiciones estaba mi asunto cuando llegó el Licenciado Guadalupe Martínez, que era mi conocido; el señor Licenciado trató mi caso con el Comandante y éste concedió que me fuera a mi pueblo natal: San Francisco Cajonos. 

A fines de septiembre de 1914 me fui para San Francisco, lo mismo que Samuel Vázquez y Marciano Zúñiga, no así Genaro y Gildardo que quedaron en la prisión, por ser nietos de don Miguel Robles; pero a los pocos días se escaparon de la cárcel, gracias a un amigo de oficio herrero llamado Juan Mestas a quien se supone que abrió la cárcel.  Los jóvenes Genaro y Gildardo se fueron para el Istmo de Tehuantepec a unirse con los carrancista s que ya venían a tomar la Ciudad de Oaxaca y a extender su dominio en todo el Estado.

Por haber escapado de la cárcel los nietos de don Miguel, los de Zoochila con frecuencia venían a San Francisco a ver si ya habían llegado y a aprehender a otros elementos, por lo que mi amigo Marciano y yo, íbamos a dormir en el Curato de San Pedro o en la casa de don Manuel J. Sánchez, de San Miguel. 

Varios de los perseguidos, principalmente el señor Pedro Rodríguez que era nuestro Capitán, Francisco y Cornelio Luna, Marcial Molina, Epifanio Robles, Candelario Robles, Eduardo Robles, Manuel Crisanto Robles y sus hijos Pedro y Tomás Robles, en vista de que era imposible que vivieran con tranquilidad en el pueblo por tanta persecución, decidieron abandonar sus intereses y se fueron a unirse con los carrancistas. 

Los carrancistas tomaron la Ciudad de Oaxaca y se posesionó del Gobierno del Estado el General don Jesús Agustín Castro, quien haciendo gala de anticlerical, ordenó que los sacerdotes salieran de la Capital del Estado.  El Clero, al tener conocimiento de esta orden, se reunieron varios sacerdotes y fueron a ver al señor Gobernador con el fin de suplicarle que les hiciera el favor de que no se llevara a efecto la orden dada en contra de ellos, en virtud de que el clero tenía que atender a los habitantes de la Ciudad, ya que los oaxaqueños eran en su inmensa mayoría, católicos.  El General Castro no accedió a la súplica de los sacerdotes, quienes se despidieron del Gobernador muy sentidos; pero entre ellos iba el señor Cura don Juan B. Robles que se quedó a conversar con el Mandatario.  Se sabe que el señor Cura le contó al señor Gobernador que cuando el señor don Francisco I. Madero llegó a Oaxaca en su jira de propaganda se hospedó en la casa habitada por el señor Licenciado don Juan Sánchez, que es de su propiedad y que queda en la calle de Morelos, contra esquina del templo de las Nieves, (donde actualmente se encuentra una placa de mármol) y se cree que por este servicio prestado a la Revolución por un sacerdote, rectificó su determinación.  Así los sacerdotes siguieron en sus respectivos templos desempeñando su sagrado ministerio. 

Con motivo de la toma del Poder por el General Castro, el Estado de Oaxaca acabó de confirmar su división en "CARRANCISTAS" y "SOBERANOS". Los carrancistas tenías de su parte a la mayoría de los municipios del Estado y los Soberanos, encabezados por los generales Guillermo Meixueiro (que también era Licenciado) e Isaac M. Ibarra, luchaban los hombres de ambos bandos con mucha valentía en los combates. 

Esta cuestión revivió en San Francisco su antigua división, declarándose unos, partidarios de la Soberanía y otros, del carrancismo.

Los de Zoochila que se declararon a favor de la Soberanía, redoblaron su persecución contra los carrancistas de San Francisco, quienes solicitaron al General Castro, les permitiera ir a Villa-Hidalgo a atacar a los soberanos que en dicha población tenían su Cuartel General, cuya solicitud fue concedida.  Salieron de Oaxaca, con destino para Villa-Hidalgo los carrancistas de dicha Villa, San Mateo, Yaganiza, Xagacía y San Francisco encabezados por el General Donaciano González y los señores Prisciliano Valle y José Pazos, de Villa-Hidalgo y Pedro Rodríguez y Manuel Crisanto Robles, de San Francisco.  Los cabecillas de San Francisco y sus compañeros de armas llegaron una noche al pueblo y aprehendieron a los señores Cenobio Juárez, Juan Bautista Robles, Ernesto Martínez, Francisco Robles, Fermín Juárez, Procopio Palacios y Abraham Ruiz, llevándoselos para Yalalag, donde se les dio libertad a Ernesto Martínez, a Abraham, Ruiz y a Fermín Juárez.  Los señores Cenobio Juárez, Juan Bautista robles y Francisco A. Robles fueron colgados de un árbol que estaba en medio de la plaza pública del lugar y el señor Procopio Palacios lo fueron a colgar en la rama de un ocotal, debajo del. Pueblo de San Mateo Cajonos. 

Estando los carrancistas en Villa-Hidalgo, llegaron los defensores de la Soberanía del Estado bajo las órdenes de los generales Castillo e Ibarra.  Tomaron a Villa-Hidalgo a sangre y fuero; los carrancistas huyeron haciendo fuego en retirada. En este combate murieron muchos carrancistas y sus jefes el señor Prisciliano Valle y Pedro Rodríguez, quien a ser balaceado le tocó en las piernas, por lo que ya no pudo correr y como quedó inutilizado de dichos miembros, lo arrastraron hasta llegar a la plaza donde le quisieron quitar su arma que la tenía muy bien abrazada; pero éste exigió que lo dejaran morir empuñando su arma y al darle los último tiros un testigo presencial contó que el capitán Rodríguez al morir todavía gritó: ¡VIVA CARRANZA! Los otros elementos de San Francisco se libraron y se fueron para Oaxaca a informar de su derrota.  Los soldados que acompañaron al General Donaciano González en su huída con dirección para San Mateo, en el río sostuvieron un reñido tiroteo contra los soberanos mandados por el General Ibarra, en cuyo combate aparecieron varios carrancistas y su jefe, el General González. 

Establecidos los soberanos en Villa-Hidalgo, mandaron un grupo de hombres a San Francisco con el objeto de aprehender a los señores Joaquín Acevedo, Cipriano Acevedo, Francisco Ignacio Robles, Pedro Miguel Robles y Doroteo Palacios, quienes fueron fusilados en el panteón municipal de dicha población. 

En otra ocasión fueron a San Francisco con el  fin de aprehender al señor Emilio Martínez a quien no encontraron en su casa, pues estaba en su palenque extrayendo mezcal, sabiendo esto, se encaminaron para el palenque donde fueron bien recibidos por el señor Martínez.  El Jefe del grupo le dijo que hiciera el favor de acompañarlos para el municipio del pueblo.  El señor Martínez, con mucha serenidad le contestó que sí; pero que antes quería que probaran el mescalito que estaba sacando, ofrecimiento que el jefe aceptó y después de haber libado dos o tres jicaritas de mezcal cada uno, el señor Martínez les dijo que ya estaba listo para acompañarlos.  Se adelantó y ellos le seguían; llegando en la orilla de un llano llamado "TOTOLAPILLA", el señor Martínez huyó a toda carrera por un arroyo; los soldados lo tirotearon, pero ninguno le pudo pegar, librándose de ser conducido a Villa-Hidalgo, donde seguramente lo hubieran fusilado. 

Durante el tiempo de la Revolución llegó a San Francisco, el General don Félix Díaz, sobrino de don Porfirio, el General don Juan Andrew Almazán y el General don José Isabel Robles que anduvo en los montes de este pueblo, según dice, trastornado de sus facultades mentales.  Las tropas que seguían a estos generales, al llegar al pueblo, ocupaban las casas particulares y hasta el templo que estaba en ruinas.

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